Aquel día, algo raro pasaba en casa... yo apenas tenía dos años pero era capaz de percibir como en el ambiente había un halo de nerviosismo.
Mamá, no pudo cogerme en brazos y me dio la mano para subir a mi habitación.
Era un habitáculo de color rosa, con una colcha a juego que todas las noches ayudaba a retirar para poder entrar en la cama.
Ella, sentada sobre el lecho, miraba como me ponía el pijama y me arropaba con las mantas. Me daba mi osito verde, que aún conservo y mi “maña”, que era así como yo llamaba a mi almohada.
Me dio un beso en la frente, me contó un cuento y volvió a rezar conmigo el “Jesusito de mi vida” al igual que todas las noches, pero ese día, al despedirse de mí, me dijo que me quería mucho, que era su niña y que mañana nos íbamos a ver un poquito más tarde, pues tenía un regalo preparado para mí.
A la mañana siguiente, Ana me despertó y me preparó el desayuno... eran las doce y papá acababa de llegar, tras pasar una noche en vela.
Enrique, entró corriendo por el portal y emocionado dió una abrazo a papá el cual, sonriendo dijo: “que pequeñita es... tiene unos ojos azules, enormes como mi madre, es preciosa”...
Yo le miraba preocupada, porque no veía a mamá y él consciente de mi reacción, me dijo: “no te preocupes Laura, esta tarde iremos a ver a mamá”, se acercó, me removió mi pelo corto y ensortijado y me dijo mirándome fijamente a los ojos: “has tenido una hermanita, se llamará Beatriz y desde hoy va a ser tú mejor amiga... tienes que cuidar de ella, porque es pequeña y tú nos ayudarás a mamá y a mí a que se convierta en una mujer fuerte y decidida, que pueda andar por el mundo mirando de frente, defendiendo sus ideales y que aprenda a tomar decisiones en el futuro, que sea capaz de dar su palabra y cumplirla y que sea amiga de sus amigos, pero sobre todo, tienes que intentar que sea feliz”. Yo, no entendí muy bien aquellas palabras, así que simplemente le sonreí y me abracé a él.
Cuando acabé mi tazón de leche con galletas, salí corriendo a la casa de mis abuelos.
La casa de mis abuelos, se encuentra a 50 metros de la nuestra. La fachada principal es mitad de piedra, mitad cemento, con un portón doble de color verde, en el medio.
Para acceder a la vivienda, primero tienes que atravesar un portalón con el suelo de hormigón pulido, que hace las veces de distribuidor, separando dos grandes habitáculos en los que se encontraban estabulados los animales, cuando el hogar era habitable.
En el portal de los abuelos, siempre podías encontrar fardos de paja, sacos de grano y el carretillo de latón con el que el abuelo me daba paseos por la calle.
Ese día, la abuela, estaba ordeñando la vaca y me miró de reojo: “Piti, no te acerques” me dijo... yo le respondí, “no abuela”. El abuelo bajó por las escaleras y me levantó por los aires, me estrechó entre sus brazos y dándome un beso en la mejilla exclamó: ”Ay, mi Laurita, mi Laurita”.
Cuando al abuelo me subió encima del fardo de paja, recuperé el aliento y le dije: “ya tengo una tata, me lo ha dicho papá”. Él, extendió su enorme mano en mi regazo y mirándome fijamente a los ojos me dijo: “sí, has tenido una hermanita y tienes que saber que es un regalo que te ha dado la vida”.
Por la tarde, después de comer, papá me calzó mis sandalias blancas, peinó mis rizos negros y regó de colonia mi vestido rosa.
Yo no estaba muy bien peinada, pero me encantaba cuando papá me sentaba en una silla y mordiéndose ligeramente la lengua, peinaba mi cabello con esmero.
Cuando llegamos al hospital y entramos en la habitación, vi a mamá tumbada sobre una cama. Ella extendió los brazos y me dijo: “Ven Laura, dame un beso, quiero contarte algo”.
Yo, ayudada por papá me subí a la cama, él giró alrededor nuestro y se sentó al otro lado.
Mamá, me miró a los ojos y me dijo: “Laura, como ya te ha dicho papá, has tenido una hermanita que se llama Beatriz y quiero que la des un beso y te portes bien con ella”.
Papá, se giró y te cogió en brazos. ¡Como te miraba!. Sus ojos grises brillaban de emoción. Te dejó en el regazo de mamá con sumo cuidado y me dijo: “venga Laura, dale un beso”.
Yo me puse de rodillas en la cama, me acerqué a ti y con mucho cuidado te besé en la cara.
Tú, abriste tus ojitos azules y me miraste fijamente a los ojos.
Mamá, me contó unos años después, que al verme, sonreíste, estiraste tu pequeñito brazo y tocaste mi piel.
Tú llorabas todas las noches de pequeña, hasta que mamá decidió meterte en mi cama, desde entonces, jamás volviste a llorar.
Por eso, creo que eres mi regalo, porque con solo tocar tu piel dejo yo de llorar, porque cuando te miro a los ojos veo todo aquello que soy y lo que fui porque me recuerdas que aunque estés lejos sé que puedo contar contigo y porque como una vez tú nos escribiste:
“Como Dios no podía estar en todas partes, a papá y a ti os hizo un regalo, os puso en vuestro camino a mamá y a mí para que cuidáramos de vosotros”... hoy, mamá está con papá y yo estoy contigo, para recordarte lo mucho que te quieren y que aunque estés triste, recuerdes que hoy era uno de los días más felices de su vida.
Te quiero con todo mi corazón y este es mi primer regalo de cumpleaños, porque como tú me dices muchas veces: “tenemos mucha suerte, porque además de llevar la misma sangre por nuestras venas, tiene la química justa que hace que hierva”.
6 de agosto, FELICIDADES PEQUEÑA.
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Ole mi Lauri...este te ha quedado tan bonito, que me dejas sin palabras. A Bea la va a encantar y seguro que es su mejor regalo...que ya no la queda na pa cumplir añitos. Un besito. ROCI
ResponderEliminarTengo los ojos nublados. Todos estos jodidos meses he pensado que habernos conocido los 4 era un regalo. Por lo menos se que he vivido 30 fantásticos años y esto me da fuerzas xa pensar y avanzar.
ResponderEliminarTe quiero cariño. Ya lo sabes te lo digo todas las noches cdo alargo el brazo como aquella primera vez y te toco la piel.....
Esto si que es un regalo...